Ultreia et suseia


humanismoMaría Ramírez Gutiérrez (25/9/2012).- Cuando se nos olvida respirar y ser conscientes de nuestra propia respiración, cuando pretendemos ir demasiado rápido guiados por el ansia de avanzar a cualquier precio, lo urgente se sobrepone a lo verdaderamente importante. No existe mejor aprendizaje acerca de nuestros propios límites que el fracaso, cuando nos reconocemos impotentes ante una determinada situación y nos acongojamos por no ser capaces de hacerla frente. Eso no quiere decir en ningún caso que la historia de nuestros esfuerzos y triunfos se vea echada por la borda, simplemente nos demuestra que existen circunstancias que nos superan y a las que por sí solos no podemos hacer frente.


Es necesario reconocer nuestros límites en cada uno de nuestros fracasos, la impotencia del ser humano, y a su vez saber buscar las soluciones que nos permitan no volver a tropezar con la misma piedra una y mil veces. Un verdadero esfuerzo alejado de cualquier forma de egoísmo, egocentrismo o intención de reconocimiento de nuestros méritos nos permitirá ver quién y qué es aquello que necesitamos para poder alcanzar nuestros objetivos. De nada sirve caer y quedarse de rodillas llorando y lamentando; la decisión de secarnos las lágrimas y levantarnos nos corresponde a cada uno de nosotros de manera individual, pero el deber de buscar soluciones no va nunca de la mano de la soledad.


La verdadera lección de altruismo no consiste en llevar “nuestro progreso” a quienes no lo tienen. No se esconde detrás de un ordenador o de un montón de ladrillos o de una escuela o de un hospital. La diferencia radical entre el éxito y el fracaso de todas esas iniciativas, que sin duda alguna suponen una auténtica mejora en la vida de aquellos a los que llegan, es la manera en que se realizan.


La base es la comprensión y aceptación de la realidad en la que nos desenvolvemos. Jamás avanzaremos en ninguna dirección distinta de trazar círculos si no partimos del conocimiento realista de lo que se muestra ante nuestros ojos. Bucear hasta las entrañas y abrir en canal la realidad duele, duele muchísimo, sobre todo porque nos demuestra que al fin y al cabo somos insignificantes y se nos escapan tantísimas cosas...


La calma y la paciencia para poner en un orden ligeramente objetivo y racional todo ese dolor y esa mezcla agridulce de subjetividad son la clave. La alegría de ver sonreír a un niño no nos puede permitir olvidarnos del objetivo de ver sonreír a cientos de niños. Pero ese proceso de expansión únicamente es posible si somos conscientes de que cada paso, por pequeño y lento que parezca, es absolutamente necesario. Priorizar y organizar, incluso aquello que nos resulte espinoso o desagradable, es de vital importancia. Partir de objetivos realistas, con intención de ir añadiendo pequeños peldaños en la escala de esfuerzos y satisfacciones a medida que se corrobore la llegada a las metas volantes de cada proyecto.
Esto no es una carrera, es una carrera de relevos en la que se trabaja en equipo de la forma más absoluta y en la que corremos solos durante unos segundos, pero seguidamente hay alguien esperando el relevo para continuar. Si no existiese esa persona, expectante, en posición de salida, el relevo se quedaría parado y no finalizaría su recorrido. Nosotros debemos ser meros participantes en esa carrera, sin querer quedarnos con la estaca, o correr a nuestro propio ritmo sin pensar en que hay quién espera ansioso a recogerla. Ni somos los protagonistas individuales, ni jamás debimos pretender serlo.


En nuestra mano se encuentra realizar todo aquello que podamos, desde el amor más profundo a cada pequeño esfuerzo, desde el esfuerzo más profundo en cada pequeño acto. Si no somos capaces de anteponer esto a ideales preconcebidos ni escucharnos los unos a los otros para tratar de mejorar y agilizar procesos básicos de funcionamiento, todo acabará por desvanecerse. El esfuerzo y el amor en cada pequeña idea que se enciende en nuestros ojos en forma de brillo, necesita una respuesta de acogida, escucha y tamizado hasta lograr que sea tangible y realista.


Es un proceso muy complejo, principalmente porque parte del olvido de los intereses y maneras de hacer individuales para dejar paso a los intereses y maneras de hacer comunes dirigidas a hacer lo mejor que sabemos lo mejor que podamos. El respeto y el reconocimiento, la crítica constructiva y la apertura de nuestras formas de comprender la vida a otras muchas posibles son el mapa que nos llevará a buen puerto. De nada sirven objetivos tan alejados de la realidad cuya inabarcabilidad únicamente conlleva la frustración. De nada sirven maneras de hacer las cosas que se mantienen por inercia, sencillamente porque durante un tiempo funcionaron; lo que funcionó, no tiene por qué seguir haciéndolo de la misma manera si puede mejorarse. De nada sirven comparaciones absurdas entre mundos radicalmente opuestos. De nada sirven las mejores voluntades e intenciones puestas al servicio de la humanidad si se olvidan de su condición de humildad y de escucharse entre ellas. De nada sirve el mayor esfuerzo jamás realizado si no ha sido optimizado y ajustado hasta la extenuación antes de llevarse a cabo.


Prueba y error, prueba y error, prueba y error, prueba y error...Sin cansarnos, sin desesperarnos por errar, con el único objetivo de que los errores sean tantos como los aciertos que los siguen y sean muchos. Sólo así estaremos seguros de que, al menos, estamos vivos y en movimiento.