Por qué todos los perros se parecen a su dueño


humanismoMARÍA RAMÍREZ GUTIÉRREZ (Octubre 2012)
Mi indicador personal de que llego tarde una mañana más es el momento en que me cruzo en el callejón con olor a orín perpetuo con Puri B., cigarro en mano, y su perro salchicha gigante aspirante a hipopótamo.


“Solterona” a la antigua usanza, de las que se quedaron en que el concepto de liberación femenina consistía en fumar Ducados a ritmo de camionero. Mujer de metro ochenta y gafas de cristales ahumados de los setenta; la melancolía, el desánimo y el desencanto aplastan su melena caseramente oxidada, relamida, con flequillo hasta los ojos, y se desliza por los hombros caídos alargando su cuerpo casi hasta arrastrarlo por el suelo al ritmo cansino de los pasos de sus seis patas.


Los brazos de Puri están tan aburridos que se han convertido en una prolongación del paso lento de las horas que separan sus tardes solitarias de televisión, sofá y manta de los tres paseos rudimentarios con su fiel sabueso. Las orejas de Lucas llevan ya tanto tiempo sin escuchar nada nuevo que se han pegado a su cabeza y cuelgan hasta los adoquines; nunca más va a necesitar levantarlas, así que para qué esforzarse inútilmente en negar la condena de la losa de hastío que se cierne sobre ellos.


Resulta que todos los perros se parecen a su dueño, o eso dicen. El aislamiento como individuo social de Puri B. es el mero reflejo de lo que nuestra sociedad ha generado: la reducción del hombre a unidades de consumo y producción cuyo único posible refugio es la insulsa intimidad de una caja de cerillas llamada hogar.


En la imperiosa necesidad de mantener algún vínculo con el mundo exterior, hemos llenado nuestros hogares de recuerdos decorativos de la primitiva e inherente conexión con la naturaleza. Sin embargo, olvidamos que en nuestro afán de consumo también marginamos a los animales de su cultura, de su función de utilidad. Lucas se ha convertido en un reflejo de su dueña sencillamente porque su instinto de sabueso no tiene cabida en los 50 metros cuadrados del piso de Puri. Resignado, ha aprendido a dormitar, pasear, comer y fingir que ve la tele. Ha aprendido a devolver la mirada melancólica a su dueña, firmemente a los ojos, para que por unos segundos olvide la indiferencia con la que el mundo trata su insignificante vida, para que por unos segundos tome conciencia de sí misma.


Y es que “las masas pertenecen ya a una especie que ha acabado por quedar aislada y eso es algo que el capitalismo no puede arreglar” .
[1] BERGER, J. (1980). Mirar. Gustavo Gili. Barcelona.