La metamorfosis


humanismoRuben RG .- Desde el momento en que comienzas a leer, La Metamorfosis te imbuye en el texto y parece que cada palabra se te clava a fuego en el corazón. La sutileza con que el autor va descomponiendo el mundo interior de Gregorio Samsa y el paisaje, oscuro, penoso y considerablemente estructurado a la vez, que utiliza Kafka para mostrarnos la corriente de abandono en la que se va engullendo el protagonista es de una maestría propia de su arte y de su tiempo. De esa literatura del Este que parece mágica y que se plasma totalmente real, dura, sin escrúpulos, pero tan atenta a los detalles íntimos y a los sentimientos, que consigue que penetres en los personajes y te desgarres profundamente en cada palabra que se prende de tu intelecto.

En Gregorio se personifica el sentir de muchos trabajadores, que se convierten en insectos repugnantes a las órdenes de un sistema, que ellos no han inventado, pero que sufren cruelmente. Establece el punto de partida de lo que se desprende en muchas fábricas del mundo, en muchas familias del mundo. De alguna manera, te recuerda todo lo triste que hace a la raza humana indiscutiblemente pérfida. Cómo se anulan los sueños y se cae en la desidia de lo ficticio para ahuyentar, en cierto modo, lo auténtico y lo expresivo de cada persona, el arte que reina en nuestro interior. En definitiva, es un libro que te arrasa, desolador. La Metamorfosis te convierte en un insecto repugnante que muere solo, como realmente estamos todos a la hora de morir y yo me atrevería a decir, también a la hora de vivir.

Se representa el olvido de los Estados por los seres humanos que los componen, etiquetan a sus ciudadanos y los olvidan a miles, con sus números pegados en la frente. Les expropian sus almas y dibujan sonrisas con el marketing que alimenta el sistema, que favorece el olvido, que encumbra la desilusión y la desesperanza de que el poderoso vencerá siempre. Gregorio nos enseña a analizar profundamente nuestra existencia, a preguntarnos para qué sirve nuestro esfuerzo. Nos ayuda a ver el egoísmo que nos persigue, incluso dentro de nuestra propia familia.

El autor pone de manifiesto, indirectamente, el tema de la eutanasia. Kafka nos representa un personaje que, de repente, se convierte en una carga para su familia, una pesada carga a la que no pueden siquiera mirar. Un bicho que convive apartado de la sociedad, atado a una cama, escondido en una habitación, totalmente inservible, que sólo genera basura a su alrededor… Nos muestra la desgracia de yacer para siempre atado a la ayuda humanitaria de los demás. Y además, nos expone claramente que cuando el mundo de la apariencia choca con la esencia del ser humano, casi siempre éste pierde su condición de pensador, sensible… y se convierte en un ser detestable que deja morir solo y abandonado a su propio hermano.

Es una obra muy enriquecedora para el espíritu intelectual que habita dentro del ser humano y, que de vez en cuando, queda sorprendido ante una obra maestra de la magistral Escuela del Este. Estos escritores hacen todo tan real y tan humano, tan miserable y a la vez tan bello. Impregnan de pensamientos las imágenes tristes que rondan las cabezas y dan vida a lo sórdido, desde un punto de vista tétrico y delicioso al mismo tiempo. Saben conjugar la dureza del espíritu, con la bajeza de las intenciones y lo hacen como nadie.