Justicia


humanismoRuben RG (16/2/2012).- El concepto de justicia es un término voluble, difícilmente explicable, acotable y significativamente traslúcido, ya que se intenta bajo ese designio esconder o vagamente argumentar la crueldad que realmente nos rodea. Para el maestro clásico Platón, la justicia tenía que ver con la templanza, con la valentía y con la prudencia. Intentaba aproximar el término a una serie de sensaciones, actitudes de la conducta existencial o, en última instancia, virtudes, que la persona trata de hacer asumibles e inherentes a su propia naturaleza. La carga intelectual, e incluso vital de la expresión justicia es prácticamente inabordable. Si nos referimos a la justicia social, es decir, la que pertenece al mundo de las relaciones humanas, que se manifiesta entre conjuntos de individuos regidos por sistemas estructurados, que tratan de convivir en una paz social duradera, hemos fracasado.


El pueblo sirio pide a gritos una solución para que cesen las matanzas, porque el ambiente en Damasco y demás centros neurálgicos de entes revolucionarios, que estallan a lo largo de la localización oriental de idiosincrasia árabe, es insoportable. El mundo está cambiando, las regiones de notable repercusión fructífera para la explotación económica están decidiendo reivindicar su derecho a obtener un poco de esa anhelada justicia. La terminología dicotómica de países ricos y pobres está mutando hacia una sangrienta reivindicación de lucha contra las tiranías y abolición de la permisividad del abuso en detrimento de la educación.


La información, esa sobrecargada y excéntrica bomba, que es posible que estalle en los cimientos de las naciones que abogaron por su construcción para aborregar y subyugar a sus ciudadanos, está demostrando su poder. La unión de los pueblos contra las temiblemente fuertes entidades institucionales, tras las cuales, se esconden un conjunto de personas poderosas, continúan perdiendo la batalla. En el seno de las grandes potencias mundiales hay desconcierto, una inquietud que tiene que ver con las poderosas armas que controla o a las que accede la ciudadanía. El pensamiento libre y la globalización son dos ideas prácticamente excluyentes. Pero si conjuntamos raíces comunes o puntos de encuentro que tienen las dos ideas, como puede ser el hecho de viajar o interesarse por lo sucedido en otros mundos, a través de la red, digerimos un todo que comienza a tomar sentido y nos envuelve en un planeta, donde la seguridad no es tan clara en todos sus rincones y, es más, donde no lo ha sido nunca.


La tranquilidad se diluye para todo el mundo por el ritmo frenético al que avanza el día a día. Las cuestiones de índole comunitaria comienzan a ser importantes para el individuo corriente, desde el pequeño grueso social, a las grandes masas regionales. De esta forma, comienza a modificarse la necesidad del ser humano por utilizar un criterio más sofisticado a la hora de hacerse juicios de valor con las informaciones que inundan el sistema global de los ciudadanos.


De esta manera, nos adentramos en el imperativo absoluto, que viene dado de una organización de índole global, de tinte sectario y de procedencia obligatoria. Pues la ONU nació de una catástrofe sin precedentes y bajo una necesidad vigente, ya que la máxima expresión de un totalitarismo llevó al mundo al borde del colapso total. Es decir, la tendencia de que el mando, el poder, el derecho y la justicia, a título póstumo, operen bajo la mano firme y decisoria de un tirano, es abrumadora. La humanidad tuvo que rectificar y ponerle freno a las exigencias personales de carismáticos y crueles líderes, que embargaron y exprimieron el planeta hasta las últimas consecuencias. De cualquier forma, la organización global de naciones trata de rectificar bajo un imperativo legal y, por supuesto, utilizando la fuerza, una situación deficitaria de la justicia social que lleva existiendo siglos, pero que no se conoce hasta ahora.


Dicha sociedad de naciones, representada por los países más poderosos del mundo, no por un amplio elenco racial, cuestión que, desde mi punto de vista, debería discutirse, decide o intenta decidir, con unanimidad, una intervención en Siria. La cohorte occidental de la representación fragmentaria percibe que una presencia de poder militar en el país solucionará los altercados producidos por una insatisfacción global y personal mucho más profunda que la fuerza física. La cohorte oriental de la representación fragmentaria, indignada ante tal desplante de violencia gratuita y, esgrimiendo el poder de la justicia, deniegan el ataque armado. De dicha resolución, los ciudadanos corrientes, obtenemos una multitud de dudas y demasiado silencio ante los problemas existentes y reinantes en el sur-oriente árabe. Además de que los Estados decisorios desentierran el hacha de una antigua guerra, donde imperaban los silencios y abundaban los temores. Por lo tanto, nuestra justicia global es provocar y hacer renacer más conflictos, al intentar lograr la paz y la seguridad en una zona arrasada por la muerte y la desolación.


Si se intenta abogar por un mundo más seguro, más igualitario y más socialmente sano, se debería dejar a un lado el tráfico de influencias y las tensiones escondidas por el dominio mundial. Los sistemas y estructuras generados por el hombre, para tratar de solventar la disensión perpetua a la que la propia raza humana está condenada, tendrían que disponer de una serie de mecanismos con el fin de funcionar en cuestiones de extrema gravedad. Si queremos generar un aparato que disponga de recetas para lidiar con las contravenciones interestatales, se necesitan unos marcos comunes de expresión racional y no una constante apariencia inoperante y gráficamente bella.


La consecución de la idea de justicia en una globalidad tan extensa es muy compleja, pues llevar un trocito de esa idea abstracta y por la que el mundo lucha, desde el principio de los tiempos, es una tarea titánica. El razonamiento natural del ser humano lleva a pensar que la superación de escollos primarios para lograr la justicia social se logró hace más de dos siglos, con la Declaración de Derechos de la Revolución Francesa. Todavía hoy, fracasamos a la hora de derribar una línea imaginaria que separa seres semejantes, para acabar con la intención de mantener viva una oportunidad de que, algún día, el sistema cambie y no se base en el conflicto constante para resolver cualquier tensión. Einstein le sugirió al mundo que si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Quizá habría que reflexionar sobre dicha premisa.


Ante la crisis vital frente a la que el mundo se encuentra, debería ser la hora de orientarnos hacia unas corrientes de pensamiento menos individualistas y más centradas en la inclusión social. El separatismo gradual acaba generando unas inmensas disfunciones traducidas en soledad, que las personas no pueden soportar. La crisis vital se refleja en este tipo de cuestiones psíquicas que erosionan las conductas hasta perturbarlas profundamente.


La potestad que intentan ejercer los países dominantes económicamente sobre el resto es en nombre de la búsqueda de una justicia perdida. Su concepto de justicia tiene que ver con un desequilibrio de fuerzas que lleva estando operativo desde los anales de la Historia y que se perpetuará indefinidamente si, desde abajo, la masa social no responde ante los ultrajes del poderoso. La templanza, la valentía, la prudencia… son aspiraciones humanas al alcance de muy pocos. La reflexividad sobre ese tipo de cuestiones es una constante obligatoria en el panorama actual. La necesidad de una justicia social se nos presenta como una gratificación razonable a los más desafortunados, pues creo que el mundo les debe una explicación y la integración en los sistemas que organizan la vida de la humanidad.