El errante


Los emigradosRuben R.G.- Cuando caminamos y pisamos la tierra que hemos heredado no nos planteamos la sensación extraña que recorre el cuerpo de ciertas personas al recorrer distancias que para la mayoría del mundo parecen familiares. Millones de personas dejan atrás multitud de visiones, recuerdos, momentos, sentimientos, vidas… para buscar una oportunidad de encaminar su futuro y el de su familia y regresar como héroes, al igual que un hijo pródigo a sus lugares de origen.

Slawomir Mrozek nos acerca una visión lúgubre de un mundo en constante cambio y con una resonancia de las diferentes almas que se perciben en la obra Los Emigrados, a través de la interpretación majestuosa de sus dos actores Jaroslaw Bielski y Emilio Gómez. Con una sencillez en la interpretación y una brillantez en el contexto y la reflexión, se nos muestra esta verdadera ópera prima del dramaturgo polaco. Encarrila la escenografía y el fondo de la cuestión profunda que se expone mediante una visualización dicotómica de la verdad del emigrante, de la realidad de nuestro mundo complejo, conectado e integrado por la globalización.

La dualidad converge en un sentimiento común de rechazo por parte de los dos protagonistas, visto desde un prisma independiente y bien diferenciado, entrando en la profundidad de los conceptos por un lado y sometiendo el juicio a la fría mentalidad del materialismo y el momento instantáneo por otro. La feroz crítica sociopolítica y geográfica que arguye el autor, a través de las vidas paralelas de sus dos estandartes magnifica el sentido final de la obra, convirtiéndola en una ficción vívida, pero realista e ilustrativa al mismo tiempo. Con un naturalismo mordaz y elocuente se le esgrime al espectador la posibilidad de sacar sus propias conclusiones, ante la verdad mostrada y acaecida en muchos países de nuestro entorno político comunitario e incluso en el nuestro propio.

La tensión y el dramatismo se van diluyendo poco a poco a lo largo de la obra, para concluir en una sensación de melancolía agridulce que se difumina en un silencio infinito y hace recapacitar sobre las cuestiones vitales trascendentales de nuestro universo. Las bajezas morales asociadas a la codicia divergen con la filosofía del pensamiento racional y equilibrado, para acabar confluyendo en una decisión humana de una magnitud abrumadora, que explica la virtud de continuar avanzando por la senda de la existencia o caer rendidos ante el pavor de lo cotidiano.

Un garaje se vislumbra como un agujero, como una ventana en la que observar las vicisitudes diarias de muchas personas que conviven con la desesperanza y la frustración como ideario personal. La esclavitud disfrazada de libre modelo de actuación es la concepción identitaria de esta obra que nos permite entrever el angustioso relato que quizá nos toque vivir en un futuro no muy lejano.

La revolución como norma y la autoridad espiritual que permite el libre pensamiento nos instruyen en varias teorías sobre la geopolítica actual de nuestro espacio transnacional. Esto, hilado a la desgarradora idea de abandonar todo en lo que vives y crees es la forma que nos presenta el autor polaco en esta obra dramática. El hermetismo y la tiranía de las personas se percibe oscuro y sincero. Las diferentes representaciones simbólicas de los actores y su gran expresividad hacen que se trasmitan las emociones individuales de cada uno de los personajes.

Digerir el argumento y la dimensión de esta representación se antoja tarea difícil. Se pone de manifiesto la dificultad para sobrevivir de ciertos colectivos empujados por sistemas estructurados de manera mesiánica y aterradora. El ente demiurgo que parece estar detrás de cada situación que acontece penetra en la sencilla escenografía en forma de luz eléctrica y ruido machacón, para indicarnos el latir de pueblos oprimidos que tratan de ganarse su libertad a través de un esfuerzo enérgico por permanecer agarrados a un tiempo presente que, en ocasiones, parece insoportable.