La cultura de la fortaleza


humanismoRuben R.G.- 1/09/2011. La explosión de violencia que ha tenido lugar en Londres, hace unas semanas, hace que confluyan una serie de reacciones interiores bastante significativas. Por un lado, comienzan a darnos miedo las salvajadas pertrechadas ante nosotros, los robos indiscriminados, la miseria humana que se reproduce a nuestros pies. Te estremeces al observar cómo niños asaltan comercios, al amparo de la agresividad gratuita, para esconder las frustraciones que sobrellevan en su interior. Desilusiones y frustraciones provocadas y producidas por su desencanto con el mundo. Se aniquilan sistemáticamente ideas brillantes, que podrían convertirse en la respuesta a una pregunta sin resolver, desde el principio de los tiempos, ¿por qué es tan injusto el sistema? Por qué todo tiene que tener un sentido de utilidad y, sobre todo, quién se beneficia de esa utilidad. A quién van dirigidas las aportaciones que nos promete la tecnología, quién disfruta realmente de las facilidades que ofrecen las innovaciones técnicas.


Es tormentoso observar impasible las revueltas de los países árabes. La única alternativa viable para estas naciones es la revolución violenta, para acabar con el poder que los agasaja. Más tormentoso aún, es mirar hacia Irak o Afganistán y sentir como se somete a un pueblo en nombre del dinero, en nombre de los dioses. Es totalmente destructivo emocionalmente saber que están acribillando a la gente de los pueblos, saber que los ciudadanos normales son los que sufren el terrible daño que ocasionan dictaduras tremendas. El combate a ese tipo de falta de libertad no es la liberación de los pueblos, sino el intento de sangrar más sus recursos, es decir, se conquista la productividad de un país, no se libera a sus ciudadanos.


Las fuentes de poder y los epicentros de recursos naturales están al servicio de miserables, sin escrúpulos, que extorsionan a los humanos de la zona, para someterlos a una esclavitud encubierta, que sólo beneficia al poderoso y argumenta y hace fuertes las desigualdades ya de por sí reinantes.


El sistema que se erigía como el verdadero, es decir, el del liberalismo disfrazado de libertad, se está desmoronando. La política al servicio de intereses económicos ha reventado y se ha proclamado un estallido de guerra callejera, que tiene su caldo de cultivo en la fuerza del poder y en el valor del dinero. La juventud se ha rebelado ante la imposibilidad de conseguir unos derechos dignos, una cobertura de sus necesidades personales, lo que lleva a la asimilación de una derrota, que se visualiza en la imposibilidad de independencia, en la inaccesibilidad para dar rienda suelta al talento. La crueldad de las desigualdades, ha tomado un cariz determinante y ha fraguado la desensibilización de la especie humana.


En España, la juventud ha tomado el testigo y ha salido a la calle, a luchar por sus derechos, a no rendirse ante el yugo del libre-comercio. El movimiento pacífico de protesta, se ha tornado en ayuda y solidaridad con los desamparados. Evitar los desahucios, se ha convertido en la principal actividad de un grupo de personas, que abogan por su justicia social, frente a la justicia basada en el poder de lo económico que ofrecen los predicadores de partido y que defienden a ultranza los gobiernos. La solución de los problemas que tienen los ciudadanos es una utopía en nuestra actual política. Simplemente trata de preservarse la longevidad en los cargos, que te asegura una estabilidad económica personal y un prestigio inmerecido.


Los organismos públicos están completamente infectados por la desidia, están enfermos por su poca eficiencia y su mucha burocracia. El Estado solo genera inestabilidad y las respuestas que ofrece a los ciudadanos con problemas son más preguntas. La única solución viable que se brinda es la de rellenar formularios, que terminarán, antes o después, apilados en una montaña ingente de papel y sólo servirá para reducir la dimensión de nuestros bosques, no para producir remedios a las dificultades reales. Los estamentos estatales se esconden detrás de una red de instituciones inundadas de siglas que no sirven para nada. El amparo de los arruinados es su propia miseria, mientras miles de personas, que pasaron un examen, son incapaces de lograr estar haciendo su trabajo durante el tiempo específico que marca su contrato.


En Europa, se abren las fronteras y se permite la libre circulación de personas y sobre todo, de divisas. Obviamente, siguen estructurando un sistema de caída de limitaciones geográficas para, con el consenso de los países integrantes, delimitar aún más las clases sociales. Es decir, se cambian las líneas geográficas por líneas económicas. Se continúa colonizando, incluso dentro de Europa, de una manera más rastrera y más ruin, a través del dinero y del poder que éste conlleva. Las multinacionales se deslocalizan para perpetuar un mundo de globalidad económica y dejar paso a la sibilina, y sigilosa dictadura del dinero. Las naciones preservan su orgullo patrio en las competiciones deportivas, en lugar de las guerras, cuestión que a mí me parece un avance, aunque en el fondo, el mensaje sigue siendo el mismo; los poderosos someten a los pobres a través de la imperiosidad económica que pervive en este sistema.


África, es un continente completamente lleno de desheredados, en la mayoría de los países, por no decir todos, no se respetan los Derechos Humanos. Algo que tendría que ser innegociable en nuestra época actual. Porque dichos derechos nacieron de una catástrofe a escala mundial sin precedentes. No hay ninguna razón que justifique los abusos que se cometen, a diario, en estos países. No eres culpable del lugar en el que naces, pero la localización geográfica sigue castigando, todavía, a la mayoría de las gentes, que malviven en un mundo completamente abatido, sin posibilidad de mejora y al borde del colapso.
A los niños africanos se les niega la posibilidad de modificar su futuro, pues el motor del cambio, principalmente estriba en la educación y muchos de ellos, no pueden ni soñar con que un derecho tan fundamental y tan necesario sea una verdadera realidad. Simplemente, se les niega la posibilidad de mejorar sus conocimientos y se les obliga a luchar por su propia supervivencia y la de sus seres más queridos. El hambre y las guerras azotan, como un huracán, casi todos los países de África y las nuevas generaciones, no tienen dónde abrigarse de las inclemencias permitidas por el sistema propuesto desde Occidente. Mientras millones de personas intentan conseguir una vida mejor, otras tratan de militarizar sus guerrillas y explotarles para conseguir sus recursos, sin que ellos tengan siquiera, el poder de defenderse mediante una educación digna.


Los gobiernos poderosos siguen permitiendo que la justicia social esté totalmente ausente, tratan de organizar las dificultades con números y estadísticas sin fundamento, que lo único que hacen es alimentar la frialdad y la despersonalización de la humanidad. Las grandes potencias económicas hablan en términos numéricos de los problemas humanos y responden a las necesidades específicas con indiferencia. Mientras tanto, en determinados lugares continúa creciendo la miseria y se les sigue proveyendo de armas para que se aniquilen.


América Latina es un polvorín, donde el narcotráfico directamente gobierna los países. Las ciudades refugian a sus gentes en guetos apartados y bien diferenciados de las zonas donde hay dinero. Los amontonan a miles en sus vertederos de gente, que ni que decir tiene, luchan por su propia supervivencia y la respuesta de los gobiernos, ante tal esperpento, es una Alianza de Civilizaciones, donde sonríen y se hacen la foto estrechando manos. Los dirigentes ineficaces ante estas situaciones, tratan de preservar su poder y su dignidad profesional con cumbres absurdas, que nunca tienen un propósito de solución de conflictos. En la mayor parte de las ocasiones, las grandes promesas de los partidos se quedan en palabras vacías y sus argumentos son nulos ante la inmensidad de los problemas que tienen que resolver.


Los altos estamentos de la Iglesia perseveran en un mensaje obsoleto, que no se adapta para nada a las necesidades éticas actuales y tachan de inadaptados a los que no siguen sus directrices en nombre de la fe. Millones de peregrinos se congregan en puntos determinados del mundo, para rendir culto a personajes prepotentes, adornados con insignias de oro y llenos de un simbolismo anticuado, que pretende hostigar a la ciudadanía con lemas incongruentes. Cuando no les inculcan un fanatismo desorbitado, que lo único que hace, es costar vidas muy valiosas en otros aspectos de la existencia humana. El alto clero, con su endiosamiento trasnochado, se vanagloria de su palabra y alzan las manos para mostrar un mensaje, que a lo largo de la historia, ha costado más vidas que las guerras por la supremacía de las naciones.


También es cierto, que no solo eso es la providencia divina, millones de personas ofrecen su trabajo a cambio de nada, en nombre de la solidaridad. Para ayudar a sus semejantes, dan cobijo a los desamparados, comida y un lugar donde descansar del durísimo día a día, que tienen que sufrir por la ineficiencia de los gobiernos. Honrosas excepciones, dentro de un sistema bastante corrupto, en el que sus mayores baluartes abogan por que la miseria siga creciendo en la humanidad.


Existe una manera de encauzar y reconducir de nuevo el sistema, existen formas de aplacar las desigualdades. Existe un argumento a favor de la justicia social. Ese argumento es la educación. Si se comienza a educar a los miles y miles de niños que nacen cada día; si se consigue escolarizar y promover buenos sistemas educativos entre los más desfavorecidos. Si se aboga por la irrenunciable disposición a que los Derechos Humanos se cumplan. Si se les enseña a respetar, a valorar, a crear… es decir, si se les permite exprimir su talento personal, sus capacidades, a través de una inmersión en la ciencia y en los hechos probados. Los valores tienen que ser la fuerza motriz en la modificación del panorama. Se debería poner una especial atención en no inculcar la cultura del “todo vale” para triunfar, no vincular el prestigio personal directamente con el dinero. Lo más importante no puede ser la economía. La bolsa no puede marcar la estabilidad de un país, no puede dirigir las necesidades de sus ciudadanos.


Si se cambia la percepción del individualismo por un colectivismo, donde la comunidad tome fuerza y sea capaz de crear organizaciones fuertes, que se sustenten con trabajo y con méritos comunes. Si las agrupaciones y las sociedades comprenden que se puede luchar por objetivos comunes, que se pueden destruir las fronteras que hacen a algunos diferentes ante la ley o más afortunados, por nacer en un lugar mejor provisto de recursos económicos y financieros.


Si se consigue crecer en ambientes pacíficos y luchar por erradicar la miseria, lograremos hacer un mundo mejor. Donde no haya tanta desigualdad entre diferentes comunidades, donde el derecho a la autodeterminación de los pueblos sea una realidad, no solo palabras huecas, que se escriben en los decretos o en los libros. La igualdad en el ser humano debe ser una premisa máxima a la que siempre debe aspirar. La solidaridad tiene que ser el vehículo para lograr dicha igualdad. Las políticas tienen que ser eficaces con los problemas de la gente. La política debe ser el mecanismo de ese cambio, tan necesario en el mundo.
La concepción del individuo único y su satisfacción individual a toda costa, nos ha llevado a la deshumanización y a la estadística, y los números no pueden solucionar los problemas que representan, para eso se necesita trabajo y mucha fuerza. La riqueza de las naciones está en el talento de sus gentes y no en el poder económico que tengan en la escala mundial. El valor más preciado y el recurso natural más poderoso es el ser humano y hay que tratar de salvaguardar su capacidad y sacar provecho de su increíble fuerza para el cambio.


Si todas estas cosas no ocurren, como hasta ahora ha sucedido. Algunos continuaremos luchando para que sea posible el cambio en algún momento, sin decaer nunca, siempre con la fuerza de la esperanza, siempre volcados con el poder de la palabra y con la eficacia de la paz para resolver conflictos. Trataremos de infundir valores dignos a nuestros hijos y a las gentes que nos acompañen. Trataremos de ayudar y comprender a los que no tienen voz ni voto. Siempre, basándonos en la cultura que ha soportado todo tipo de vendavales históricos, que ha hecho revoluciones para conseguir derechos y libertades, la que nos mantiene de pie ante la adversidad, la cultura de la fortaleza