Hadid, sus lienzos y un garage pintado de blanco


HadidMARÍA RAMÍREZ GUTIÉRREZ (Octubre 2012).- En casi todos los ámbitos de la vida existen ciertos personajes que sólo pueden ser amados u odiados hasta el extremo, con todo lo que ello conlleva en ambos casos. La pertenencia a este género de dicotomías límite de la matemática y arquitecta Zaha Hadid, en cuanto a la apreciación de su obra e influencias, es sencillamente rotunda, aplastante.

Ivory ha querido articular su obra en un espacio quirúrgicamente impersonal, pretendidamente industrial con toques de hormigón armado repartidos al estilo de Mecano y su sombra de ojos, aquí y allá, que nos recuerdan que estamos en un sótano, antaño destinado a aparcamiento de residentes. Tarea delicada sin duda alguna, tan exacta y precisa como la mano del cirujano empuñando un bisturí. Sin embargo, una vez más la estrella brilla en exceso y nos ciega a todos: se expone a Zaha en “algún sitio”, no importa dónde, qué ni cómo. El título de la muestra basta, es poderoso e insultantemente potente para atraer a los medios y a los visitantes: ZAHA HADID, beyond boundaries.


“The exhibition sets out a very democratic conception, non-hierarchical in structure, where a building is seen in the same light and with the same import as a spoon” Kenny Schachter, comisario de la exposición.


¿Concepción democrática? ¿Edificio y cuchara al mismo nivel? Por supuesto. Paredes abarrotadas de lienzos imposibles, que se proyectarían hasta el infinito de la inconsciencia visual humana y “más allá” de no ser por el abigarramiento con que se han colgado de las paredes, quizás fruto de un derroche creativo del encargado del taladro. Queda manifiesta la carencia de esa lógica, ese orden, esa jerarquía y esa exactitud con la que Hadid, matemática de formación y vocación, impregna sus creaciones.


Jamás Zaha pretendió que una cuchara fuese un objeto interesante hacia lo que dirigir su mirada. Jamás hubiera tenido la brillante idea de plastificar sus dibujos para que los focos impidiesen su correcta visión desde cualquier ángulo posible. Jamás, sencillamente porque ella misma pone su obra muy por encima del concepto de mundano en la mejor de sus acepciones. Quizás sea por eso por lo que sus piezas de mobiliario expuestas sólo hagan las veces de cordón de seguridad que dirige los pasos del visitante al modo de cualquier control de seguridad aeroportuario. Quizás sea por eso por lo que es necesario recurrir a un nombre con neones que nos hipnotice. Pero esa técnica ya la desmenuzó magistralmente Robert Venturi en Aprendiendo de Las Vegas en 1972, aunque todavía no hayamos sido capaces de aprender nada.